DEL RING AL OCTOGONO: LA UFC Y EL CLUB DE LA LUCHA

Decía George Foreman que no sabía bailar, ni cantar, ni contar chistes pero que era el mejor en dejar a la gente fuera de combate. Quien dijo esto era un luchador, un peleador, un gladiador moderno, alguién que sangra y sufre, se levanta y cae, siente el vertigo en el estomágo pero sobre todo alguien sometido a un ritual donde la pelea se establece con uno mismo antes que con el de enfrente, aunque este sea el que te va a derrotar. Quizá sea recordado por eso o como a él le gustaba admitir, por sus errores.

 

Veamos cómo surge la lucha, cómo se ha manifestado, cómo hemos evolucionado dentro del yo civilizado, del yo guerrero fuera del tiempo y a la vez pendiente de que alguien pare el reloj y acabe ese asalto que tal vez dura toda la vida.

 

Brutalidad y civilización: Las artes de lucha

 

Desde los primeros persas, el mundo griego, pasando por el imperio romano, la lucha, el pankration y el pugilato eran una especie de ciencia altletica frente a las opiniones (que las había) que lo despachaban simplemente un espectaculo brutal. Todas estas disciplinas resultaban reguladas de forma seria y noble, esas normas eran plasmadas en tratados, algunos conservados, otros no; en ellos se hablaba de los entrenamientos, las rutinas y las técnicas que desarrollan esas formas de lucha; también de las anécdotas, de los campeones, de los protagonistas que bien por un sentido mítico del relato o bien por la necesidad social de héroes han formado parte del imaginario clásico ¿O acaso no era Hércules un luchador que vence con sus manos al león de Nemea?.

 

Las diferentes disciplinas evolucionaron en un sentido u otro hacía prácticas menos duras para los deportistas. Se hicieron olimpicas algunas, otras resultaron olvidadas, algunas aparecían rescatadas del mundo asiático, por milenarias o exóticas o filosóficas pero tambien por novedosas, ya que incorporaban nuevas formas de lucha hasta entonces desconocidas en el occidente post-romano. El judo, el kárate, el taekwondo, el aikido, el jiu-jitsu, y así ad eternum.

 

Vale tudo, MMA, la UFC

 

Durante mucho tiempo en todo el mundillo de las Artes Marciales se habia especulado con la idea de qué arte marcial era mejor o que técnica de lucha resultaba más eficaz en un combate real sin armas. En todos los gimnasios era una forma de rivalidad esa duda de quien era el más completo, el guerrero total, el puto amo, y no sólo en los gimnasios: en las propias federaciones también se daban estas discusiones, aunque más por verse amenazados sus negocietes privados que por un analísis serio sobre las posibilidades de ciertas disciplinas.

 

Será en el Brasil de los años 20 donde se comienza a fraguar el origen de lo que luego serían las artes marciales mixtas.  Ese nuevo tipo de lucha se llamó  “VALE TUDO” (vale todo), creado por la familia Gracie, discípulos de maestros japoneses emigrados a ese pais y especialistas en jiu-jitsu. Esta nueva disciplina recuperaba un cierto espiritu del Pancratio original y en ese sentido bebia de esa inspiración.

 

El vale tudo resultó tremendamente atrayente. Sacaba a las artes marciales de una especie de imagineria zen, donde todo el mundo se creía una especie de reencarnación de Bruce Lee (figura que contribuyó a popularizar las artes marciales igual que los Beatles el rocanrol, por ejemplo), o el maestro Miyagi, con quien “dar cera, pulir cera” era algo así como la técnica catártica de las artes marciales. El caso fue que ver a dos tipos dándose de hostias sin más control que sus fuerzas, y con unas reglas practicamente inexistentes salvo aquellas que afectaban a la hombria (morder, genitales, etc) significó un reecontrarse con lucha en serio, de forma eficaz, con todas sus consencuencias incluida la sangre.

 

Será en los Estados Unidos donde el vale todo de los amigos brasileiros iba encontrar el pistoletazo de salida hacia lo que finalmente sería la UFC,  o lo que es lo mismo, Ultimate Fighting Championship. En dicho país la lucha se veía principalmente a través del boxeo; para ellos el último deporte noble, ese que convertía el gimnasio en un espacio social, y más aún, en una suerte de casa de auxilio frente al deterioro social y a la desesperación. Todo ello en cientos de barrios del extrarradio de las grandes ciudades de este jovén país. Quizás por eso: quizás por que en esa juventud la lucha era una forma de encontrar una autoestima, una dignidad perdida por la codicia depredadora que anulaba a los chavales en los barrios, condenándolos inevitablemente al fracaso escolar, al crimen y a la prision, todo en ese orden.

 

 

Será en los años 90 cuando John Milius, director de cine, despues de practicar jiu-jitsu teniendo como maestro a Rorion Gracie, se plantee la posibilidad de hacer realidad un acontecimiento en un escenario especialmente diseñado para que dos luchadores se enfrentasen, en un combate tan duro, que fuera de todo menos bonito. Con ello se daba una especie de retroceso al mundo griego, pasándolo por el ojo de una cámara de televisión.

 

La relación de John Milius con el espectáculo sin duda se había salido de lo corriente. John no era precisamente una estrella si no más bien una mezcla entre un bárbaro ilustrado y un amante de Esparta. Él se autodefinió como el anarquista zen, acaso su mejor definición posible. Guionista de Apocalipsis Now junto a Francis Ford Copola, por ese guión fue nominado al Oscar en dicha categoria. También fue el responsable del guión de la serie ‘Roma’, y de peliculas increíblemente bellas donde el conflicto juega un papel determinante, como ‘Las aventuras de Jeremias Johnson’. Dirigió además una pequeña obra maestra titulada ‘Adiós al rey’ con Nick Nolte, donde reflexionaba a modo de historia épica sobre las bondades y la pureza de las culturas tribales.

 

Con dicho curriculum no podía extrañar que todo eso de la lucha y de las artes marciales le resultaran algo más que simples ejercicios aeróbicos.

 

Resultó finalmente que Junto a Rorion Gracie creó y diseñó ese escenario llamado EL OCTÓGONO, distinto de un ring. Tanto que no hay escapatoria. O luchas o luchas, sí o sí.

Dicho espacio está formado por superficies acolchadas en las que se protege al luchador de caidas o de ser lanzado fuera del octógono. Mide 69 m2 de superficie, un largo de 9.7 metros y 1.82 metros de alto.

 

En un principio los combates eran muy duros, hasta el punto de que originariamente la influencia del vale tudo brasileño conllevó que pocos patrocinadores apostaran por un deporte tan brutal pero a la vez tan atractivo, o dicho de otra forma: la recién creada UFC debia de empezar a regularse en los diferentes estados de la unión para con eso crear la condiciones apropiadas de explotación y negocio.

 

Habia nacido un evento único en la lucha, y ahora sería retrasmitido para todo el que pudiera pagar por verlo y de eso en los States saben mucho.

 

En un principio, en el vale tudo por ejemplo, no se utilizaban ni siquiera guantillas. Más tarde se diseñaron unas de apenas 4 onzas que no restaban potencia a los golpes pero liberaban los dedos permitiendo con ello la posibilidad de agarres. En la UFC fueron incorporadas de manera definitiva.

 

Se podría pensar que el hecho de tener la mano más libre y los nudillos menos acolchados que con los guantes de 10 onzas —propios del boxeo— puede dar lugar a mayores daños, pero se ha demostrado que los KO’s provocados con las mencionadas guantillas si bien son más televisivos no resultan más peligrosos. Es más, el golpeo de puño con guantes clásicos de 10 onzas provoca que el cráneo absorba los golpes de tal forma que el cerebro se mueve igual que la masa gelatinosa que de hecho es, como dentro de un un recipiente. En ese sentido recibirá muchos más movimientos, que producen lesiones irreversibles, en comparación con los recibidos mediante el tipo de golpe común en MMA, mucho más contundente. Además, unos nudillos no protegidos hacen que el golpeo rasgue la carne de tal forma que el sangrado es inminente a la mínima oportunidad. A priori gran noticia para todos —para todos los que rodean este regreso al pugilato, como comentábamos antes—, ya que vivimos tiempos digitales donde las inversiones deportivas deben asegurar audiencias regulares, para combates espectaculares, con sangre de verdad.

 

Valga este repaso sobre reglas y evoluciones para hacernos una idea de los diferentes grados de dolor y sufrimiento que podemos observar dependiendo de la elección de un guante con o sin protección; tiempos en asaltos y estructura del escenario donde se pelea, ya sea ring, octógono o incluso más recientemente círculo (Big Knockout Boxing).

 

Las normas y reglas unificadas de las MMA (siglas en inglés de Artes Marciales Mixtas) van desde las divisiones de peso, el equipamiento del octógono, especificaciones de los vendajes, equipos, el banquillo, protectores, guantes, vestimenta, duración del asalto, evaluación y criterio de los jueces; hasta las faltas y los tipos de lesiones. De manera que no es precisamente la batalla silvestre y desregularizada que a simple vista parecería.

 

Con todo, los primeros combates se desarrollaron con resultados tremendamentes espectaculares por impensables en otros eventos de estas características, donde los luchadores expertos en técnicas de suelo (judokas, jiu-jitsu brasileño, lucha libre), a poco que aguantaran las embestidas de otros luchadores que dominaran la media y larga distancia, acababan inevitablemente con su rival en el suelo, donde resultaba presa fácil: luxación o rendición. Esto fue así durante unos años, hasta que el resto de peleadores empezó a comprender que si querian ser eficaces debian cambiar y empezar a dominar todo el espacio de lucha; las distancias y el suelo. De nada servía que tuvieras un pateo rápido y contundente si tu contrincante te agarraba y acababas en el suelo sometido. Fue ese el principio del fin del reinado de los grapplers en la UFC. Poco a poco la evolución dio lugar a peleadores más versátiles; se combinaban los puños del boxeo y el kick boxing o el full – contact, con patadas del Kárate, del Muay Thai, del Taekwondo, y con los agarres y controles del jiu-jitsu, del sambo, de la lucha libre, etc. Todo un acontecimiento para aquellos que consideraran que la lucha podía ser a la vez deporte y espectáculo.

 

Actualmente es en Estados Unidos donde la UFC tiene un volumen de negocio tan importante casi como el boxeo. A nivel televisivo pulverizaron registros a tráves del acuerdo que en el año 2011 con FOX SPORTS, tras el que alcanzaron audiencias de cerca de 9 millones de espectadores, algo absolutamente impensable para un deporte de contacto.

 

 

El club de la lucha: La vida, el dolor, la sangre.

 

Hemos visto los orígenes, su evolución, ¿pero sabemos que es la lucha? Eso que hace que dos seres humanos se enfrenten a una prolongación de sí mismos, como una distorsión, como un reflejo, y en donde se corre el riesgo de salir herido e incluso muerto. Quizás la lucha sea un espacio donde las fuerzas del luchador no son sólo las suyas sino que también cuentan las debilidades del otro. Asimismo, el fracaso también es un poco compartido, pues no es enteramente mío como luchador, sino el triunfo de mi adversario. La lucha es un lenguaje brutal; más brutal que lenguaje no tanto porque no tenga lenguaje sino porque invariablemente pasa de él como algo articulado. Se convierte por lo tanto en primitivo sin salir de lo humano. Tal vez demasiado humano que diría Nietzsche. Un apoteósico grito del super yo. Comprender que la lucha también es castigo, superior al castigo en cuaquier otro deporte sobre todo por que se trata también de ser golpeado, de ser dominado pues el hecho de sentir el dolor es una forma de prolongación de la vida, y en ese sentido sentir el ojo reventado o la nariz rota mientras la sangre inunda las mejillas es algo tan vivo que en cada asalto te lo recuerdan una y otra vez. Así como tus posibilidades de vida, tu fuerza, tu debilidad, tu reflejo, tu yo arcano, tu miedo, tu triunfo. Las personas lo ven como un evento tan viril que quizá sea un ejercicio de cierto erotismo. Ver dos hombres desnudos peleando, pero por encima de eso lo que provoca es una evocación de la guerra, de la violencia donde el amor quizá vendrá despues con un toque de campana, un abrazo largo, y un puño en alto. De eso se trata la lucha. Por eso da igual que técnica utilices, si el evento tienes miles o millones de seguidores o las apuestas están así o asá. Podrás modificar el reglamento, podrás forzar el KO replanteando las protecciones de puños, podrás limitar los asaltos, dirán que todo resulta más vistoso, como si fuera algo de colorines que queda bien en televisores 4k; la lucha es vida, y sentimiento y pasión, y adrenalina y violencia y más cosas y ninguna posiblemente politicamente correcta… pero qué cojones, a quién importa lo que es la lucha si muchos piensan en términos de irrealidad televisiva. No se huele el sudor de un combate, no piensas “Joder, qué dolor, no me gustaría estar en su pellejo”, cuando una patada rompe una tibia o cuando un puño impacta tan fuerte que la mandibula se desencaja. Cuando tiemblan las piernas porque hay nervios de la cabeza que llegan hasta los pies. Todo eso no lo verás seguramente ni en FOX ni en ENERGY ni en nada televisado, pues tratar la lucha como un video juego no es faltar al combate, ni siquiera ningunear a los luchadores: resulta una afrenta, es más grave que todo eso, es creerse que es un juego, y al fútbol se juega, al baloncesto se juega pero no se juega a la lucha porque jugar juegan los niños, luchar luchan los hombres.

 

Decía la escritora Joyce Carol Oates “Cuanto más rica y avanzada es una sociedad, más fanático es su interés por cierta clase de deportes, una suerte de regreso hacia lo brutal, lo instintivo, y por lo tanto lo inocente”.

 

Disfrutemos de la lucha a pesar de los mercaderes de esclavos, disfrutemos no sólo de sus proezas físicas, sino de experiencias emocionales tan potentes como es el sexo, como el nacimiento, como la muerte, y recordemos que nuestros recuerdos más profundos son o suelen ser físicos aún a riesgo de considerarnos paradojicamente seres esencialmente espirituales.

 

 

Antonio G. Aroca es Documentalista, ha practicado y es aficionado al boxeo, cinturón negro de full – contac y kickboxing, ha realizado cursos de Hapkido, Kempo fu shi, y su mayor logro es tener una familia acojonante….

 

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La Rotonda

“ A mi, desde muy pequeño, me gustan las preguntas y los caminos que llevan a las respuestas. Por lo demás, a veces acabo no conociendo más que el camino, Pero eso no es tan grave: Ya he avanzado”

De “El informe de Brodeck” de Philippe Claudel.

 

Cada vez que subía la persiana el ruido era como si la mano de un gigante plegara de forma torpe lo que en teoría debía hacer un mando a distancia, la chapa aluminizada gritaba al doblarse, y poco a poco subía dejando que la luz del sol invadiera el terreno que sólo pertenecía a los automóviles.  Y yo aceleraba mientras soltaba el embrague poco a poco y el coche salía despacio dando un pequeño brinco. Una vez en el exterior giraba hacía la derecha en Joanot Martorell para volver a girar a la derecha por Ramón y Cajal y continuar recto Nuestra Señora del Socorro hasta la rotonda. Una vez me detenía miraba a la izquierda por si venía alguién y seleccionaba mi trayectoria. Así, todos los días.

Había oído que el director general de tráfico hacía una serie de recomendaciones sobre como entrar en las rotondas, como situarse, pero sobre todo como circular sin que eso sea más engorro que lo que la propia rotonda quiere evitar. Este señor sin saberlo se estaba convirtiendo en un terapeuta preocupado por sus pacientes a la vez que un moderno visionario.

A mi lo de una isla flanqueada por una carretera circular me resultaba tan metafórico, que mi mente procesaba tantos datos que creo que posiblemente me falta algo de memoria RAM. ¿Acaso no parece un tiovivo?, si no sabes donde vas o te equivocas das una vuelta, y otra, y otra o simplemente no eliges y coges la primera que te resulta más facilona, siempre claro esta siguiendo las indicaciones de alguien tan eficiente y diligente como el señor director general. Esto último no lo digo con sarcasmo si no constatando que es esos adjetivos y alguno más.

Por eso me resultaba siempre tan extrañamente atrayente. Todos los rostros fijos al volante en encontrar una dirección tanto el que la sabe de antemano como aquel que la busca y da vueltas hasta encontrarla.  No es un poco la vida eso, destinos a los que queremos llegar, caminos que emprendemos, nos equivocamos y volvemos a buscar la dirección. Cada día todo un ejercito de personas sin nombre bajo la etiqueta de “conductores” repetían en fila ordenada todo el ritual de cruzar la rotonda.

Vidas pautadas y milimétricamente  dispuestas, se expresan de forma diferente, con un modelo de automóvil acorde con su estatus, o simplemente intentando parecer lo que no se es, y dentro en el habitáculo cada uno posee su mochila de amores, desamores, llantos, risas y demás caracterología del ser humano envuelto como el bocadillo del recreo en huesos, piel, sangre para darle a ese ser viviente el aspecto de algo mínimamente reconocible.

Porque la función de una rotonda es ordenar el tráfico, no dice nada de ordenar el trafico de las vidas de los seres humanos, no creo que sea su función. Pero se parece tanto. Intentan facilitarnos la hoja de ruta, el cambio de dirección, otro destino. Y sin embargo hay veces que no sabemos donde vamos y damos vueltas y vueltas a cuenta de no atascarnos ni en el tráfico ni en nuestras vidas.

Metemos una marcha damos un buen acelerón y continuamos esperando que donde sea que vayamos sea la dirección correcta, porque pararse y pensar no cuenta. Sigo mi camino, demasiado tiempo parado, demasiado tiempo en reflexión, enfilo la carretera, pongo un poco de música, suena Israel Nash , ha empezado a llover una lluvia plana se desliza por la luna delantera, el limpiaparabrisas borra la realidad, deja limpio de reflejos el vehículo.

Continuo por el Barrí L´Orba hacia Benetússer, la música ha borrado cualquier trascendencia sobre si seguir el camino trillado es lo mejor o simplemente soy como esos caballitos sujetos al tío vivo que dan vueltas y vueltas esperando que un alma ingenua cabalgue en su lomo.

Apago el motor, cierro, saludo.

  • Ey Ramón que pasa como va la faena?
  • Hola Toni, dime que te ha pasado
  • Nada tío, demasiado tiempo en la rotonda.
  • Pues vaya tela. Intentaré que no sea mucha pasta.
  • Ok nene, tenlo pronto.

AGA

El Nisperero

Me levantaba muy temprano, o por lo menos todo lo temprano que uno se puede levantar en verano. El calor en esas noches resultaba asfixiante, de tal forma que te despertabas una y otra vez con el cuello sudoroso, te volvías a dormir pero a duras penas descansabas.

Cuando hacía muy poco tiempo que había amanecido, ese era el momento, un momento especial, un momento que había robado al mismísimo Cronos, algo que me pertenecía, un territorio que vallaba una parte de mí y la hacía invisible a los demás, que activaba mi capacidad de inspeccionar destellos de lucidez, que me dejaba abandonado a mi suerte, una suerte que deseaba una y otra vez.

Cogía una silla de pvc de esas que te sientas y acabas doblado hacía atrás esperando de un momento a otro que la silla se parta por tu peso. Esas sillas que absorbían todo el polvo del mundo, toda la suciedad del mundo y sin embargo me seguían pareciendo ideales para sentarme todas y cada una de la mañanas en las que el calor era dueño y señor del lugar.

Cruzaba la puerta metálica que comunicaba el comedor con el patio, que siempre se atascaba donde abrirla implicaba una dosis extra de esfuerzo, y el ruido resultaba tan desquiciante que casi deseabas filtrarte por las paredes cual fantasma con tal de no atravesarla, desayunaba debajo de la parra, sin prisas, esperando que de vez en cuando me cayera una araña en el hombro y me presentara sus respetos. Los animales se refugiaban en lo alto de sus sarmientos buscando la protección de las hojas y el alimento que le proporcionaban huyendo de la canícula.

Y era entonces cuando salía al patio trasero donde olías a higuera y a pino, donde a la derecha como formando parte de la estructura de la casa allí estaba, el nisperero.

Era un nisperero extraño, no daba frutos o los nísperos que florecían acaban secos y caídos al suelo. Alguien me dijo que había problemas con la polinización y de ahí el hecho que fuera tan negado para proporcionar nísperos.

Sus ramas eran alargadas y fuertes. El tronco circulaba rodeado siempre de hormigas que colonizaban su rincones y a mí me recordaba invariablemente a aquella película protagonizada por Charlton Heston “Cuando ruge la marabunta”, juro que no exagero.

De esta forma, cubierto y protegido del sol, aprovechando el incierto frescor de la mañana, me veía las caras con personajes que a base de hacerlos míos, formamos alianzas tan profundas que todos eso dias me reunía con ellos formando este pequeño ritual. Un ritual de compromiso con ellos, que contaban historias que no eran ajenas, todo ello bajo la sombra hermosa y practica del nisperero.

En cada sesión afrontaba un reto, un día leía las vidas “truncadas” que se solapaban y se relacionaban a través de Nathan Glass en Brooklyn Follies de Paul Auster, otro leía las Almas Grises de Philipe Claudel, y así fui poco a poco iba construyendo una relación con los libros, con las historias, con la vida.

Los libros cambiaban, los autores, los personajes, mi estado de ánimo. Unos días cansado de leer escribía, me relaja, paseaba entre los pinos para a no mucho tardar volver a la seguridad de mi nisperero. Y pasaron los días y el verano se acabó, los libros volvieron a los estantes, yo volví al trabajo, a las rutinas diarias, pero cuando hoy miro por la ventana en días fríos me acuerdo de ese árbol que no daba frutos, pero que me abría sus ramas para alentar mis recuerdos, para juntar unas palabras, para albergar esperanzas. Hoy sé que allí en la casa, detrás en el patio, un nisperero espera que alguien se siente al lado de su tronco y viva las vidas de los otros y también la suya.

AGA

TRUMAN O COMO MORIRSE DE FORMA EXTRAVAGANTE

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EXTRAVAGANTE: Del latín Extravagans, es lo que se dice o se hace fuera del modo común de actuar. Por lo tanto resulta extraño desacostumbrado o peculiar.

Siempre que los humanos pensamos en la muerte, la visualizamos como algo inexorable, algo que más tarde o más temprano llegará, llamará a nuestra puerta y en un viaje de duración incierta platicaremos con Caronte y nos llevará en su barca. Cualquier otra recreación tiene más que ver con las creencias religiosas o los ritos funerarios que con el imaginario colectivo, aunque la muerte con guadaña y vestida de negro sigue resultando impactante.

Es Truman una película que habla de la muerte pero también de la vida. De la necesidad de despedirnos de aquellos que configuraron y nos hicieron así, de decirles lo importante de celebrar y contar con su amistad, y de notar que en ese tiempo que nos queda como nos sana más su compañía su proximidad que cualquier terapia invasora.

De eso va Truman de cómo Julián (Ricardo Darín) un actor argentino que vive y actúa en Madrid le diagnostican un cáncer que hará que tome la decisión de no tratarse y vivir de pie el tiempo que le queda. Para ello cuenta con la compañía de un amigo Tomás (Javier Cámara) que viaja desde Canadá para darle un último adiós. Los dos personajes vivirán cuatro días que es lo que durará el viaje de Tomás para estar juntos, para conversar y no conversar; pues si bien la película discurre entre unos diálogos que destilan verdad, los silencios resultan no menos reveladores (maravillosa escena donde Julián llama a las cuatro de la mañana a Tomás para hablar con él, ese momento da la sensación que lo importante lo sentido se va a producir cuando ambos cuelguen el teléfono).

La película funciona como un drama pero sin renunciar a la comedia, mientras por el camino nos desgrana algunos zarpazos sobre el mercadeo de la muerte, por otra parte normal y tan utilizado por el común de los mortales (la petición de presupuesto en la funeraria). De esta forma lo que nos cuenta su director Cesc Gay no puede en ningún momento enmarcarse en unas situaciones ya trilladas si no al contrario todas ellas están llenas de ternura y justa sensibilidad.

A estas alturas pudiera ser que alguno se pregunte ¿quién es Truman?. Truman es un perro, grande, tranquilo, de Julián, fiel compañero soledades, de paseos y de pensamientos. Julián desea que cuando llegue el momento Truman este bien acogido, y a ese empeño intentaran nuestros protagonista trabajar esa posibilidad.

Julián quiere decidir su tiempo, desde esa lucidez, como vivir y como morir.

Tomás asiste silencioso, admirando la valentía de su amigo y a la vez generoso por compartir su tiempo con alguién que si bien no se dice intuimos que han sido muy cercanos, casi complementarios. La amistad siempre tiene algo de terapéutico, más que cualquier medicamento, más que cualquier otra sustancia. Es el reencontrarte con lo más básico, como sucede con el amor, como sucede con la honestidad, como sucede cuando nos vemos como iguales, frágiles, ávidos de querer, de que nos quieran.

Si bien como decía de Truman podemos entenderla sobre como afrontar ese final, ese proyecto vital roto, opta por salirse de lo común de ser libre aunque eso implique ignorar los consejos y los deseos de los más cercanos, pues como explica “ No sabia que se necesitaban argumentos para seguir viviendo. Cada uno se muere como puede”.

No me gustaría dejar esta reseña sin mencionar situaciones que aparecen en la película que conmueven y molestan por sinceras a partes iguales, y gracias a la labor magistral de Darín te resultan cercanas, próximas. Hablo del viaje a Holanda, del reencuentro con el hijo, del abrazo con el padre, sencillo sin palabras sin adioses, sin más lágrimas que las justas, sin estridencias pero con tanto que se dice sin decir. Y la otra es la situación incomoda de los conocidos en el restaurante y de cómo hablar, de cómo no hablar, de preguntar, y de cómo no preguntar, de pedir perdón, por muchas cosas, de vanidades, de egoísmos. Truman es sentimiento, es la intimidad como lo propio y no como mercancía que se vende por un “me gusta” en redes sociales donde roza la pornografía (en el sentido de explicitar lo intimo) a la vez exhibición publica en un baile de máscaras. Truman es dialogo, es reflexión, es comedia, es amistad, es honestidad, es valentía, es extravagancia, pero también libertad, pero sobre todo es vida, aquella que sigue tan presente que a veces se nos hace insoportable las ausencias de aquellos que nos importan, y sin embargo por que no decidir morir aunque sea de forma extravagante.

AGA

Andanzas de un rockero en territorio indie. Concierto de Izal en Valencia 16/01/2016

Hace ya algún tiempo alguién me paso unos temas diciendome lo interesante de la propuesta, lo bueno de unas letras cuidadas y evocadoras.

Para un tipo como yo cuyo ecléptico mundo musical viene de ser amamantado con biberones de rocanrol, esto bien pudiera parecer desde la ortodoxia más recalcitrante una suerte de traición, un dislate…sumergirse en este mundo “indie” tan propio de etiquetas donde su única función es organizar, estructurar, de colocar las cosas en un espacio pulcro y ordenado que nos permita tenerlo todo controlado. Hay algo más tonto que tratar de enjaular la música, de retenerla para categorizarla, yo creo que no. La música como experiencia nos toca, nos zarandea, nos agita, nos anima, nos machaca, quizá ese sea su milagro, quizá ese sea su poder.

Por eso con Izal fue de menos a más, comenzando a oir temas de sus primeros discos, del último, hasta que decidí ir a un directo suyo. Esa oportunidad se presentó este pasado sábado. No conocia la sala, no sabía de su aforo, ni tenía ni idea del tipo de gente que allí me encontraría.

Pues bien, todo resultó una gran y agradable sorpresa, me encontré con unos tios que cuidan sus directos y hacen de ello un caldo de cultivo para conectar, para celebrar un rito donde la admiración y el respeto marcha en dos direcciones desde el grupo a sus fans y al revés, es de esta forma cuando todo resulta cercano, próximos, acaso eso ya en si mismo no es motivo de éxito, suponemos que obviamente no, aunque visto el panorama musical con tanta estrella mediatica y borracha de si misma este tipo de actitud se agradece.

Izal ha dejado de ser un grupo para ser más casi una banda, donde ataca los temas con fuerza, pero a la vez los mima con tanto cariño que parecen frescos como reformulados,  otorgando un espacio tan empático con la comunidad Izal que la gente desde el principio hasta el final corea todos y cada unos de los temas que la banda les brinda como un mecanismo de aproximación. Y todo esto sin las urgencias de un concierto al uso sino desde la confianza de ir a ver a un grupo de amigos, reirnos con ellos, bailar con ellos, y pensar que la entrada vale la pena porque durante casi dos horas recargamos nuestras baterias con una energía poderosa y eficaz llamada fiesta (con confeti incluido). Da igual que toquen oro y humo como si fueran un grupo de folk rock o recreen un universo de intenciones y deseos en pequeña revolución, o simplemente especulemos en que coño podría ser ese extraño regalo; cualquier tema resulta sincero, bien aprovechado, mejor ejecutado, y eso los “Izalers” lo celebran y lo agradecen.

He disfrutado con Izal, he cantado sus canciones, he bailado, he saltado, pero sobre todo me he sentido feliz. No esta mal para un rockero en territorio indie.

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LAS CUATRO ESQUINAS

Empujaba  la puerta pesada de madera con los remaches de hierro como si se abrieran las puertas del castillo, o quién sabe como si dejaran salir a un preso cuya condena ya ha sido cumplida, caminaba muy despacio con los pantalones impecablemente planchados y la chaqueta dispuesta de forma que pudiéramos imaginarnos que en algún momento de su vida habría sido habitado por un cuerpo grande y fuerte. Saludaba sin entusiasmo pero con cortesía como el que tiene claro que su objetivo no es hacer relaciones públicas si no embarcarse en un viaje de ida, en el que doscientos metros son mediciones subjetivas, y en esa distancia radica la diferencia entre la vida, la experiencia, y la bisoñez.

Siempre que llegaba el frio, cuando el sol deja sus rayos depositándose tenue sobre pinos y carrascas, él se sentaba en un tronco hecho de olmo marrón claro sujeto por dos poyetes de hormigón.

Miraba la calle mientras desplegaba con un arte al alcance de muy pocos un librillo de papel de fumar y una pequeña bolsa de cuero con tabaco de liar, él decía que lo tenía desde que vino de Guinea, que era de piel de león, algo que seguramente no habría forma de saber jamás. Yo siempre pensé que aquello no era nada más que el afán de un viejo de contar historias, de saberse interesante, de forjarse una reputación.

Yo me acercaba, me sentaba en el suelo e intentaba mirar lo que el miraba, sentir lo que el sentía, y respiraba. Aire fresco de diciembre, ese de curar jamones que hacía que tu piel fuera más de lagarto que de persona si a el te exponías, de abrigarte la garganta mientras miras al suelo y encoges los hombros para no quedarte helado. Todas las mañanas hacía lo mismo, cuando salía del colegio, antes de ir a comer, corría hacía las cuatro esquinas, y allí estaba fumando un cigarro liado mientras pequeñas volutas de humo rebotaban en la pared blanca enjalbegada.

El me miraba y sonreía, y todos los días me hacía la misma pregunta, ¿chaval que te gustaría ser de mayor?, yo no sabia que contestar nunca había pensado en eso, sin embargo tenía claro que quería ser como él, como cuando me contaba la vez que se tuvo que embarcar en un ballenero muy jovén y paso mucho tiempo en un bote a la deriva asediado por peces de todos los tamaños y condiciones mientras trataba de mantener el tipo, de cómo una ballena blanca le había roto la embarcación y había desperdigado a todos los marineros por las agitadas aguas menos a él; o cuando lo llamaron para una expedición a las regiones heladas del ártico y como casi sin quererlo se hizo amigo de los indios de aquellas tierras, y de cómo le enseñaron a cazar osos con una rama grande con la punta afilada. Sus experiencias no acababan nunca, sus ojos era azules como el mar, y te miraba tan profundamente que parecía que sabia lo que pensabas en cada momento. Mi padre no quería que le viera, decía que era un pobre hombre, que sus hijos le habían abandonado incapaces de aguantarlo debido a su mal humor, que su mujer había muerto hace ya mucho y era la única que le sujetaba cuando le venían sus arrebatos de ira y de espanto. Quizá mi padre tuviera razón, eso es algo que nunca sabré, sin embargo, ahora que ya no soy un niño y tengo mis propios hijos, ahora que ya tengo un trabajo, me gano la vida y cobro un salario, no mucho tal vez, pero lo suficiente para vivir con dignidad sin pedirle nada a nadie, me acuerdo de él, de su porte enorme, del olor a tabaco de sus ropas, de sus dedos amarillos, de su piel curtida por mil y un soles de espacios que nunca vería; y cierro los ojos y le echo de menos, y algunas veces me meto la mano a la altura del cuello y saco una pequeña tira de cuero con una garra atada al extremo. Siempre pensé que cuando me la dio era como si me pasara un testigo, hay quién dice que es de león…o de oso. A veces he vuelto al pueblo con los niños a pasear por el monte, a pisar los gasones de los barbechos, a sentir el aire que comienza a ser muy frio en diciembre, y me siento con ellos en un banco de olmo con dos poyetes de hormigón, allá en las cuatro esquinas.

 

AGA

 

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En Vela

Noches de espejo y penumbra, fantasmas que asoman desde la luna,

espantos de sudor que nublan el sueño, que quiebran los huesos como si fueran agua.

Noches de espejo y penumbra, silencios que invitan a estar en vela, ya no hay sonidos,

ya el cuerpo se rinde pero la cabeza se retuerce y se esconde entre recuerdos que ya no son.

Vivir entre sábanas olvidadas, colchones que no transpiran, sensaciones que se unen y se mezclan.

Noches de espejo y penumbra, palabras susurradas que no se oyen, que no se escuchan,

que vibran como un diapason, fingiendo comunicación, vomitando silencio;

la ventana entreabierta, la luz de la farola que se abre paso y proyecta su lengua.

Cada instante es un paso en el reloj, cada minuto es un tiempo vivido y muerto a la vez,

cada respiración un mundo, y en cada mundo un sueño, un espejo, una penumbra.

 

AGA