Vuelta a Ítaca

Habíamos quedado esa misma tarde, el sol brillaba fuerte, el calor era tan desesperante que sólo un acto de voluntad suprema podría hacerme bajar a la calle, desde esta isla, este pequeño mundo desnudo que habito sin otra finalidad que un oscuro deseo de inacción.

Y sin embargo, aquí estaba sentado en un asiento duro como el hierro, de un autobús que parecía que venia de la otra parte del mundo, y ese viaje le había pasado factura, por eso sus frenos chillaban exhaustos, los perchones indicaban que su embrague le quedaban meses, donde respirabamos una especie de caldo hirviendo y el aire acondicionado no era sino un recuerdo.

La gente se agolpaba en las zonas de sombra evitando ese rayo de sol que actuaba como un láser penetrante. El autobús rasgaba las calles de una ciudad que se percibía fantasmal, agobiante, pero a la vez atractiva, en la que quedaba lejos el deambular constante, el trasiego de ejecutivos, de taxis, de coches que vomitan sus esputos entre placas de alquitrán. Pulse el botón de parada, y un rostro se movió detrás de unas rayban espejeadas, alzo la vista o eso intuí que hacía antes de qué llegáramos a la próxima parada.

Me dispuse a caminar entre estas calles qué se estiraban como los brazos de un leviatán extraño, gestionando mis energías, buscando las zonas menos castigadas por el sol donde aún podías caminar sin riesgo de sentirte un aventurero mitad irresponsable mitad heroico. Cuando me iba acercando a mi destino el corazón me latía con fuerza, pensé “joder mola verla”. Miré por encima de los pinillos, cortados eficientemente y que daban cobertura a una especie de valla que dejaba ver un jardín, de esos que sirven en el proyecto urbanístico para rellenar un espacio en un archivo de 3D y en lo que prima obviamente no es lo habitable de un barrio, de una ciudad, ni siquiera de un mundo exhausto y negro, pero que coño era un jardín, y hacia más fresquito dentro que fuera.

La ví, después de otear cada uno de los banquitos, donde se sentaban abuelitos que miraban absortos como otros abuelitos travestidos en deportistas se afanaban por hacerse un hueco en el controvertido mundo de la petanca. Estaba preciosa, una camiseta blanca y unos vaqueros, no necesitaba más para hacer refulgir esos ojos negros que cuando te miraban sólo podías que claudicar. Se dio cuenta de mi presencia, me sonrió, ya ni notaba el calor, sólo aquel que emanaba de mi agitación. Apreté el paso, y cuando llegué a su altura sólo acerté a cogerla por los hombros y acercar mis labios a los suyos, fue un beso largo, profundo, la estreché tan fuerte como pude mientras notaba su frágil cuerpo haciéndose un hueco en el mio, como amoldándose. Nos miramos, me sonrió. En ese instante supe que mi viaje había terminado y que todo tenía sentido, que la guerra de Troya no me iba a parar, que Circe era sólo una ilusión, que Polifemo se lo estaba buscando, que las sirenas hacía mucho que sus susurros apenas lo oía, había atravesado Escila y Caribdis y por fín estaba en Ítaca…o a lo mejor era un ciudad en agosto, mediterránea, calurosa, ruidosa, donde los pretendientes se reunian por las noches para seducirla, quizá fuera eso o quizá no pero cada vez que la veo en el parque y por las noches cuando el calor nos da una tregua recuerdo su nombre, su rostro, los guardo como fuego, y entonces tal vez vuelvo a Ítaca.

 

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