LAS CUATRO ESQUINAS

Empujaba  la puerta pesada de madera con los remaches de hierro como si se abrieran las puertas del castillo, o quién sabe como si dejaran salir a un preso cuya condena ya ha sido cumplida, caminaba muy despacio con los pantalones impecablemente planchados y la chaqueta dispuesta de forma que pudiéramos imaginarnos que en algún momento de su vida habría sido habitado por un cuerpo grande y fuerte. Saludaba sin entusiasmo pero con cortesía como el que tiene claro que su objetivo no es hacer relaciones públicas si no embarcarse en un viaje de ida, en el que doscientos metros son mediciones subjetivas, y en esa distancia radica la diferencia entre la vida, la experiencia, y la bisoñez.

Siempre que llegaba el frio, cuando el sol deja sus rayos depositándose tenue sobre pinos y carrascas, él se sentaba en un tronco hecho de olmo marrón claro sujeto por dos poyetes de hormigón.

Miraba la calle mientras desplegaba con un arte al alcance de muy pocos un librillo de papel de fumar y una pequeña bolsa de cuero con tabaco de liar, él decía que lo tenía desde que vino de Guinea, que era de piel de león, algo que seguramente no habría forma de saber jamás. Yo siempre pensé que aquello no era nada más que el afán de un viejo de contar historias, de saberse interesante, de forjarse una reputación.

Yo me acercaba, me sentaba en el suelo e intentaba mirar lo que el miraba, sentir lo que el sentía, y respiraba. Aire fresco de diciembre, ese de curar jamones que hacía que tu piel fuera más de lagarto que de persona si a el te exponías, de abrigarte la garganta mientras miras al suelo y encoges los hombros para no quedarte helado. Todas las mañanas hacía lo mismo, cuando salía del colegio, antes de ir a comer, corría hacía las cuatro esquinas, y allí estaba fumando un cigarro liado mientras pequeñas volutas de humo rebotaban en la pared blanca enjalbegada.

El me miraba y sonreía, y todos los días me hacía la misma pregunta, ¿chaval que te gustaría ser de mayor?, yo no sabia que contestar nunca había pensado en eso, sin embargo tenía claro que quería ser como él, como cuando me contaba la vez que se tuvo que embarcar en un ballenero muy jovén y paso mucho tiempo en un bote a la deriva asediado por peces de todos los tamaños y condiciones mientras trataba de mantener el tipo, de cómo una ballena blanca le había roto la embarcación y había desperdigado a todos los marineros por las agitadas aguas menos a él; o cuando lo llamaron para una expedición a las regiones heladas del ártico y como casi sin quererlo se hizo amigo de los indios de aquellas tierras, y de cómo le enseñaron a cazar osos con una rama grande con la punta afilada. Sus experiencias no acababan nunca, sus ojos era azules como el mar, y te miraba tan profundamente que parecía que sabia lo que pensabas en cada momento. Mi padre no quería que le viera, decía que era un pobre hombre, que sus hijos le habían abandonado incapaces de aguantarlo debido a su mal humor, que su mujer había muerto hace ya mucho y era la única que le sujetaba cuando le venían sus arrebatos de ira y de espanto. Quizá mi padre tuviera razón, eso es algo que nunca sabré, sin embargo, ahora que ya no soy un niño y tengo mis propios hijos, ahora que ya tengo un trabajo, me gano la vida y cobro un salario, no mucho tal vez, pero lo suficiente para vivir con dignidad sin pedirle nada a nadie, me acuerdo de él, de su porte enorme, del olor a tabaco de sus ropas, de sus dedos amarillos, de su piel curtida por mil y un soles de espacios que nunca vería; y cierro los ojos y le echo de menos, y algunas veces me meto la mano a la altura del cuello y saco una pequeña tira de cuero con una garra atada al extremo. Siempre pensé que cuando me la dio era como si me pasara un testigo, hay quién dice que es de león…o de oso. A veces he vuelto al pueblo con los niños a pasear por el monte, a pisar los gasones de los barbechos, a sentir el aire que comienza a ser muy frio en diciembre, y me siento con ellos en un banco de olmo con dos poyetes de hormigón, allá en las cuatro esquinas.

 

AGA

 

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2 pensamientos en “LAS CUATRO ESQUINAS

  1. Ulises dice:

    Una buena redacción para un buen texto con un remoto sabor a Hemingway. La importancia del paisaje y de personajes curtidos con vidas extraordinarias pero creíbles, porque podemos vernos reflejados en ellas. Un tipo que mira hacia atrás en un ejercicio de nostalgia medio como revelador de algo que en el fondo ya sabe y que siempre es lo mismo: la vida pasa y él morirá algún día.

    Enhorabuena.

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