El Nisperero

Me levantaba muy temprano, o por lo menos todo lo temprano que uno se puede levantar en verano. El calor en esas noches resultaba asfixiante, de tal forma que te despertabas una y otra vez con el cuello sudoroso, te volvías a dormir pero a duras penas descansabas.

Cuando hacía muy poco tiempo que había amanecido, ese era el momento, un momento especial, un momento que había robado al mismísimo Cronos, algo que me pertenecía, un territorio que vallaba una parte de mí y la hacía invisible a los demás, que activaba mi capacidad de inspeccionar destellos de lucidez, que me dejaba abandonado a mi suerte, una suerte que deseaba una y otra vez.

Cogía una silla de pvc de esas que te sientas y acabas doblado hacía atrás esperando de un momento a otro que la silla se parta por tu peso. Esas sillas que absorbían todo el polvo del mundo, toda la suciedad del mundo y sin embargo me seguían pareciendo ideales para sentarme todas y cada una de la mañanas en las que el calor era dueño y señor del lugar.

Cruzaba la puerta metálica que comunicaba el comedor con el patio, que siempre se atascaba donde abrirla implicaba una dosis extra de esfuerzo, y el ruido resultaba tan desquiciante que casi deseabas filtrarte por las paredes cual fantasma con tal de no atravesarla, desayunaba debajo de la parra, sin prisas, esperando que de vez en cuando me cayera una araña en el hombro y me presentara sus respetos. Los animales se refugiaban en lo alto de sus sarmientos buscando la protección de las hojas y el alimento que le proporcionaban huyendo de la canícula.

Y era entonces cuando salía al patio trasero donde olías a higuera y a pino, donde a la derecha como formando parte de la estructura de la casa allí estaba, el nisperero.

Era un nisperero extraño, no daba frutos o los nísperos que florecían acaban secos y caídos al suelo. Alguien me dijo que había problemas con la polinización y de ahí el hecho que fuera tan negado para proporcionar nísperos.

Sus ramas eran alargadas y fuertes. El tronco circulaba rodeado siempre de hormigas que colonizaban su rincones y a mí me recordaba invariablemente a aquella película protagonizada por Charlton Heston “Cuando ruge la marabunta”, juro que no exagero.

De esta forma, cubierto y protegido del sol, aprovechando el incierto frescor de la mañana, me veía las caras con personajes que a base de hacerlos míos, formamos alianzas tan profundas que todos eso dias me reunía con ellos formando este pequeño ritual. Un ritual de compromiso con ellos, que contaban historias que no eran ajenas, todo ello bajo la sombra hermosa y practica del nisperero.

En cada sesión afrontaba un reto, un día leía las vidas “truncadas” que se solapaban y se relacionaban a través de Nathan Glass en Brooklyn Follies de Paul Auster, otro leía las Almas Grises de Philipe Claudel, y así fui poco a poco iba construyendo una relación con los libros, con las historias, con la vida.

Los libros cambiaban, los autores, los personajes, mi estado de ánimo. Unos días cansado de leer escribía, me relaja, paseaba entre los pinos para a no mucho tardar volver a la seguridad de mi nisperero. Y pasaron los días y el verano se acabó, los libros volvieron a los estantes, yo volví al trabajo, a las rutinas diarias, pero cuando hoy miro por la ventana en días fríos me acuerdo de ese árbol que no daba frutos, pero que me abría sus ramas para alentar mis recuerdos, para juntar unas palabras, para albergar esperanzas. Hoy sé que allí en la casa, detrás en el patio, un nisperero espera que alguien se siente al lado de su tronco y viva las vidas de los otros y también la suya.

AGA

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