DEL RING AL OCTOGONO: LA UFC Y EL CLUB DE LA LUCHA

Decía George Foreman que no sabía bailar, ni cantar, ni contar chistes pero que era el mejor en dejar a la gente fuera de combate. Quien dijo esto era un luchador, un peleador, un gladiador moderno, alguién que sangra y sufre, se levanta y cae, siente el vertigo en el estomágo pero sobre todo alguien sometido a un ritual donde la pelea se establece con uno mismo antes que con el de enfrente, aunque este sea el que te va a derrotar. Quizá sea recordado por eso o como a él le gustaba admitir, por sus errores.

 

Veamos cómo surge la lucha, cómo se ha manifestado, cómo hemos evolucionado dentro del yo civilizado, del yo guerrero fuera del tiempo y a la vez pendiente de que alguien pare el reloj y acabe ese asalto que tal vez dura toda la vida.

 

Brutalidad y civilización: Las artes de lucha

 

Desde los primeros persas, el mundo griego, pasando por el imperio romano, la lucha, el pankration y el pugilato eran una especie de ciencia altletica frente a las opiniones (que las había) que lo despachaban simplemente un espectaculo brutal. Todas estas disciplinas resultaban reguladas de forma seria y noble, esas normas eran plasmadas en tratados, algunos conservados, otros no; en ellos se hablaba de los entrenamientos, las rutinas y las técnicas que desarrollan esas formas de lucha; también de las anécdotas, de los campeones, de los protagonistas que bien por un sentido mítico del relato o bien por la necesidad social de héroes han formado parte del imaginario clásico ¿O acaso no era Hércules un luchador que vence con sus manos al león de Nemea?.

 

Las diferentes disciplinas evolucionaron en un sentido u otro hacía prácticas menos duras para los deportistas. Se hicieron olimpicas algunas, otras resultaron olvidadas, algunas aparecían rescatadas del mundo asiático, por milenarias o exóticas o filosóficas pero tambien por novedosas, ya que incorporaban nuevas formas de lucha hasta entonces desconocidas en el occidente post-romano. El judo, el kárate, el taekwondo, el aikido, el jiu-jitsu, y así ad eternum.

 

Vale tudo, MMA, la UFC

 

Durante mucho tiempo en todo el mundillo de las Artes Marciales se habia especulado con la idea de qué arte marcial era mejor o que técnica de lucha resultaba más eficaz en un combate real sin armas. En todos los gimnasios era una forma de rivalidad esa duda de quien era el más completo, el guerrero total, el puto amo, y no sólo en los gimnasios: en las propias federaciones también se daban estas discusiones, aunque más por verse amenazados sus negocietes privados que por un analísis serio sobre las posibilidades de ciertas disciplinas.

 

Será en el Brasil de los años 20 donde se comienza a fraguar el origen de lo que luego serían las artes marciales mixtas.  Ese nuevo tipo de lucha se llamó  “VALE TUDO” (vale todo), creado por la familia Gracie, discípulos de maestros japoneses emigrados a ese pais y especialistas en jiu-jitsu. Esta nueva disciplina recuperaba un cierto espiritu del Pancratio original y en ese sentido bebia de esa inspiración.

 

El vale tudo resultó tremendamente atrayente. Sacaba a las artes marciales de una especie de imagineria zen, donde todo el mundo se creía una especie de reencarnación de Bruce Lee (figura que contribuyó a popularizar las artes marciales igual que los Beatles el rocanrol, por ejemplo), o el maestro Miyagi, con quien “dar cera, pulir cera” era algo así como la técnica catártica de las artes marciales. El caso fue que ver a dos tipos dándose de hostias sin más control que sus fuerzas, y con unas reglas practicamente inexistentes salvo aquellas que afectaban a la hombria (morder, genitales, etc) significó un reecontrarse con lucha en serio, de forma eficaz, con todas sus consencuencias incluida la sangre.

 

Será en los Estados Unidos donde el vale todo de los amigos brasileiros iba encontrar el pistoletazo de salida hacia lo que finalmente sería la UFC,  o lo que es lo mismo, Ultimate Fighting Championship. En dicho país la lucha se veía principalmente a través del boxeo; para ellos el último deporte noble, ese que convertía el gimnasio en un espacio social, y más aún, en una suerte de casa de auxilio frente al deterioro social y a la desesperación. Todo ello en cientos de barrios del extrarradio de las grandes ciudades de este jovén país. Quizás por eso: quizás por que en esa juventud la lucha era una forma de encontrar una autoestima, una dignidad perdida por la codicia depredadora que anulaba a los chavales en los barrios, condenándolos inevitablemente al fracaso escolar, al crimen y a la prision, todo en ese orden.

 

 

Será en los años 90 cuando John Milius, director de cine, despues de practicar jiu-jitsu teniendo como maestro a Rorion Gracie, se plantee la posibilidad de hacer realidad un acontecimiento en un escenario especialmente diseñado para que dos luchadores se enfrentasen, en un combate tan duro, que fuera de todo menos bonito. Con ello se daba una especie de retroceso al mundo griego, pasándolo por el ojo de una cámara de televisión.

 

La relación de John Milius con el espectáculo sin duda se había salido de lo corriente. John no era precisamente una estrella si no más bien una mezcla entre un bárbaro ilustrado y un amante de Esparta. Él se autodefinió como el anarquista zen, acaso su mejor definición posible. Guionista de Apocalipsis Now junto a Francis Ford Copola, por ese guión fue nominado al Oscar en dicha categoria. También fue el responsable del guión de la serie ‘Roma’, y de peliculas increíblemente bellas donde el conflicto juega un papel determinante, como ‘Las aventuras de Jeremias Johnson’. Dirigió además una pequeña obra maestra titulada ‘Adiós al rey’ con Nick Nolte, donde reflexionaba a modo de historia épica sobre las bondades y la pureza de las culturas tribales.

 

Con dicho curriculum no podía extrañar que todo eso de la lucha y de las artes marciales le resultaran algo más que simples ejercicios aeróbicos.

 

Resultó finalmente que Junto a Rorion Gracie creó y diseñó ese escenario llamado EL OCTÓGONO, distinto de un ring. Tanto que no hay escapatoria. O luchas o luchas, sí o sí.

Dicho espacio está formado por superficies acolchadas en las que se protege al luchador de caidas o de ser lanzado fuera del octógono. Mide 69 m2 de superficie, un largo de 9.7 metros y 1.82 metros de alto.

 

En un principio los combates eran muy duros, hasta el punto de que originariamente la influencia del vale tudo brasileño conllevó que pocos patrocinadores apostaran por un deporte tan brutal pero a la vez tan atractivo, o dicho de otra forma: la recién creada UFC debia de empezar a regularse en los diferentes estados de la unión para con eso crear la condiciones apropiadas de explotación y negocio.

 

Habia nacido un evento único en la lucha, y ahora sería retrasmitido para todo el que pudiera pagar por verlo y de eso en los States saben mucho.

 

En un principio, en el vale tudo por ejemplo, no se utilizaban ni siquiera guantillas. Más tarde se diseñaron unas de apenas 4 onzas que no restaban potencia a los golpes pero liberaban los dedos permitiendo con ello la posibilidad de agarres. En la UFC fueron incorporadas de manera definitiva.

 

Se podría pensar que el hecho de tener la mano más libre y los nudillos menos acolchados que con los guantes de 10 onzas —propios del boxeo— puede dar lugar a mayores daños, pero se ha demostrado que los KO’s provocados con las mencionadas guantillas si bien son más televisivos no resultan más peligrosos. Es más, el golpeo de puño con guantes clásicos de 10 onzas provoca que el cráneo absorba los golpes de tal forma que el cerebro se mueve igual que la masa gelatinosa que de hecho es, como dentro de un un recipiente. En ese sentido recibirá muchos más movimientos, que producen lesiones irreversibles, en comparación con los recibidos mediante el tipo de golpe común en MMA, mucho más contundente. Además, unos nudillos no protegidos hacen que el golpeo rasgue la carne de tal forma que el sangrado es inminente a la mínima oportunidad. A priori gran noticia para todos —para todos los que rodean este regreso al pugilato, como comentábamos antes—, ya que vivimos tiempos digitales donde las inversiones deportivas deben asegurar audiencias regulares, para combates espectaculares, con sangre de verdad.

 

Valga este repaso sobre reglas y evoluciones para hacernos una idea de los diferentes grados de dolor y sufrimiento que podemos observar dependiendo de la elección de un guante con o sin protección; tiempos en asaltos y estructura del escenario donde se pelea, ya sea ring, octógono o incluso más recientemente círculo (Big Knockout Boxing).

 

Las normas y reglas unificadas de las MMA (siglas en inglés de Artes Marciales Mixtas) van desde las divisiones de peso, el equipamiento del octógono, especificaciones de los vendajes, equipos, el banquillo, protectores, guantes, vestimenta, duración del asalto, evaluación y criterio de los jueces; hasta las faltas y los tipos de lesiones. De manera que no es precisamente la batalla silvestre y desregularizada que a simple vista parecería.

 

Con todo, los primeros combates se desarrollaron con resultados tremendamentes espectaculares por impensables en otros eventos de estas características, donde los luchadores expertos en técnicas de suelo (judokas, jiu-jitsu brasileño, lucha libre), a poco que aguantaran las embestidas de otros luchadores que dominaran la media y larga distancia, acababan inevitablemente con su rival en el suelo, donde resultaba presa fácil: luxación o rendición. Esto fue así durante unos años, hasta que el resto de peleadores empezó a comprender que si querian ser eficaces debian cambiar y empezar a dominar todo el espacio de lucha; las distancias y el suelo. De nada servía que tuvieras un pateo rápido y contundente si tu contrincante te agarraba y acababas en el suelo sometido. Fue ese el principio del fin del reinado de los grapplers en la UFC. Poco a poco la evolución dio lugar a peleadores más versátiles; se combinaban los puños del boxeo y el kick boxing o el full – contact, con patadas del Kárate, del Muay Thai, del Taekwondo, y con los agarres y controles del jiu-jitsu, del sambo, de la lucha libre, etc. Todo un acontecimiento para aquellos que consideraran que la lucha podía ser a la vez deporte y espectáculo.

 

Actualmente es en Estados Unidos donde la UFC tiene un volumen de negocio tan importante casi como el boxeo. A nivel televisivo pulverizaron registros a tráves del acuerdo que en el año 2011 con FOX SPORTS, tras el que alcanzaron audiencias de cerca de 9 millones de espectadores, algo absolutamente impensable para un deporte de contacto.

 

 

El club de la lucha: La vida, el dolor, la sangre.

 

Hemos visto los orígenes, su evolución, ¿pero sabemos que es la lucha? Eso que hace que dos seres humanos se enfrenten a una prolongación de sí mismos, como una distorsión, como un reflejo, y en donde se corre el riesgo de salir herido e incluso muerto. Quizás la lucha sea un espacio donde las fuerzas del luchador no son sólo las suyas sino que también cuentan las debilidades del otro. Asimismo, el fracaso también es un poco compartido, pues no es enteramente mío como luchador, sino el triunfo de mi adversario. La lucha es un lenguaje brutal; más brutal que lenguaje no tanto porque no tenga lenguaje sino porque invariablemente pasa de él como algo articulado. Se convierte por lo tanto en primitivo sin salir de lo humano. Tal vez demasiado humano que diría Nietzsche. Un apoteósico grito del super yo. Comprender que la lucha también es castigo, superior al castigo en cuaquier otro deporte sobre todo por que se trata también de ser golpeado, de ser dominado pues el hecho de sentir el dolor es una forma de prolongación de la vida, y en ese sentido sentir el ojo reventado o la nariz rota mientras la sangre inunda las mejillas es algo tan vivo que en cada asalto te lo recuerdan una y otra vez. Así como tus posibilidades de vida, tu fuerza, tu debilidad, tu reflejo, tu yo arcano, tu miedo, tu triunfo. Las personas lo ven como un evento tan viril que quizá sea un ejercicio de cierto erotismo. Ver dos hombres desnudos peleando, pero por encima de eso lo que provoca es una evocación de la guerra, de la violencia donde el amor quizá vendrá despues con un toque de campana, un abrazo largo, y un puño en alto. De eso se trata la lucha. Por eso da igual que técnica utilices, si el evento tienes miles o millones de seguidores o las apuestas están así o asá. Podrás modificar el reglamento, podrás forzar el KO replanteando las protecciones de puños, podrás limitar los asaltos, dirán que todo resulta más vistoso, como si fuera algo de colorines que queda bien en televisores 4k; la lucha es vida, y sentimiento y pasión, y adrenalina y violencia y más cosas y ninguna posiblemente politicamente correcta… pero qué cojones, a quién importa lo que es la lucha si muchos piensan en términos de irrealidad televisiva. No se huele el sudor de un combate, no piensas “Joder, qué dolor, no me gustaría estar en su pellejo”, cuando una patada rompe una tibia o cuando un puño impacta tan fuerte que la mandibula se desencaja. Cuando tiemblan las piernas porque hay nervios de la cabeza que llegan hasta los pies. Todo eso no lo verás seguramente ni en FOX ni en ENERGY ni en nada televisado, pues tratar la lucha como un video juego no es faltar al combate, ni siquiera ningunear a los luchadores: resulta una afrenta, es más grave que todo eso, es creerse que es un juego, y al fútbol se juega, al baloncesto se juega pero no se juega a la lucha porque jugar juegan los niños, luchar luchan los hombres.

 

Decía la escritora Joyce Carol Oates “Cuanto más rica y avanzada es una sociedad, más fanático es su interés por cierta clase de deportes, una suerte de regreso hacia lo brutal, lo instintivo, y por lo tanto lo inocente”.

 

Disfrutemos de la lucha a pesar de los mercaderes de esclavos, disfrutemos no sólo de sus proezas físicas, sino de experiencias emocionales tan potentes como es el sexo, como el nacimiento, como la muerte, y recordemos que nuestros recuerdos más profundos son o suelen ser físicos aún a riesgo de considerarnos paradojicamente seres esencialmente espirituales.

 

 

Antonio G. Aroca es Documentalista, ha practicado y es aficionado al boxeo, cinturón negro de full – contac y kickboxing, ha realizado cursos de Hapkido, Kempo fu shi, y su mayor logro es tener una familia acojonante….

 

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La Rotonda

“ A mi, desde muy pequeño, me gustan las preguntas y los caminos que llevan a las respuestas. Por lo demás, a veces acabo no conociendo más que el camino, Pero eso no es tan grave: Ya he avanzado”

De “El informe de Brodeck” de Philippe Claudel.

 

Cada vez que subía la persiana el ruido era como si la mano de un gigante plegara de forma torpe lo que en teoría debía hacer un mando a distancia, la chapa aluminizada gritaba al doblarse, y poco a poco subía dejando que la luz del sol invadiera el terreno que sólo pertenecía a los automóviles.  Y yo aceleraba mientras soltaba el embrague poco a poco y el coche salía despacio dando un pequeño brinco. Una vez en el exterior giraba hacía la derecha en Joanot Martorell para volver a girar a la derecha por Ramón y Cajal y continuar recto Nuestra Señora del Socorro hasta la rotonda. Una vez me detenía miraba a la izquierda por si venía alguién y seleccionaba mi trayectoria. Así, todos los días.

Había oído que el director general de tráfico hacía una serie de recomendaciones sobre como entrar en las rotondas, como situarse, pero sobre todo como circular sin que eso sea más engorro que lo que la propia rotonda quiere evitar. Este señor sin saberlo se estaba convirtiendo en un terapeuta preocupado por sus pacientes a la vez que un moderno visionario.

A mi lo de una isla flanqueada por una carretera circular me resultaba tan metafórico, que mi mente procesaba tantos datos que creo que posiblemente me falta algo de memoria RAM. ¿Acaso no parece un tiovivo?, si no sabes donde vas o te equivocas das una vuelta, y otra, y otra o simplemente no eliges y coges la primera que te resulta más facilona, siempre claro esta siguiendo las indicaciones de alguien tan eficiente y diligente como el señor director general. Esto último no lo digo con sarcasmo si no constatando que es esos adjetivos y alguno más.

Por eso me resultaba siempre tan extrañamente atrayente. Todos los rostros fijos al volante en encontrar una dirección tanto el que la sabe de antemano como aquel que la busca y da vueltas hasta encontrarla.  No es un poco la vida eso, destinos a los que queremos llegar, caminos que emprendemos, nos equivocamos y volvemos a buscar la dirección. Cada día todo un ejercito de personas sin nombre bajo la etiqueta de “conductores” repetían en fila ordenada todo el ritual de cruzar la rotonda.

Vidas pautadas y milimétricamente  dispuestas, se expresan de forma diferente, con un modelo de automóvil acorde con su estatus, o simplemente intentando parecer lo que no se es, y dentro en el habitáculo cada uno posee su mochila de amores, desamores, llantos, risas y demás caracterología del ser humano envuelto como el bocadillo del recreo en huesos, piel, sangre para darle a ese ser viviente el aspecto de algo mínimamente reconocible.

Porque la función de una rotonda es ordenar el tráfico, no dice nada de ordenar el trafico de las vidas de los seres humanos, no creo que sea su función. Pero se parece tanto. Intentan facilitarnos la hoja de ruta, el cambio de dirección, otro destino. Y sin embargo hay veces que no sabemos donde vamos y damos vueltas y vueltas a cuenta de no atascarnos ni en el tráfico ni en nuestras vidas.

Metemos una marcha damos un buen acelerón y continuamos esperando que donde sea que vayamos sea la dirección correcta, porque pararse y pensar no cuenta. Sigo mi camino, demasiado tiempo parado, demasiado tiempo en reflexión, enfilo la carretera, pongo un poco de música, suena Israel Nash , ha empezado a llover una lluvia plana se desliza por la luna delantera, el limpiaparabrisas borra la realidad, deja limpio de reflejos el vehículo.

Continuo por el Barrí L´Orba hacia Benetússer, la música ha borrado cualquier trascendencia sobre si seguir el camino trillado es lo mejor o simplemente soy como esos caballitos sujetos al tío vivo que dan vueltas y vueltas esperando que un alma ingenua cabalgue en su lomo.

Apago el motor, cierro, saludo.

  • Ey Ramón que pasa como va la faena?
  • Hola Toni, dime que te ha pasado
  • Nada tío, demasiado tiempo en la rotonda.
  • Pues vaya tela. Intentaré que no sea mucha pasta.
  • Ok nene, tenlo pronto.

AGA

TRUMAN O COMO MORIRSE DE FORMA EXTRAVAGANTE

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EXTRAVAGANTE: Del latín Extravagans, es lo que se dice o se hace fuera del modo común de actuar. Por lo tanto resulta extraño desacostumbrado o peculiar.

Siempre que los humanos pensamos en la muerte, la visualizamos como algo inexorable, algo que más tarde o más temprano llegará, llamará a nuestra puerta y en un viaje de duración incierta platicaremos con Caronte y nos llevará en su barca. Cualquier otra recreación tiene más que ver con las creencias religiosas o los ritos funerarios que con el imaginario colectivo, aunque la muerte con guadaña y vestida de negro sigue resultando impactante.

Es Truman una película que habla de la muerte pero también de la vida. De la necesidad de despedirnos de aquellos que configuraron y nos hicieron así, de decirles lo importante de celebrar y contar con su amistad, y de notar que en ese tiempo que nos queda como nos sana más su compañía su proximidad que cualquier terapia invasora.

De eso va Truman de cómo Julián (Ricardo Darín) un actor argentino que vive y actúa en Madrid le diagnostican un cáncer que hará que tome la decisión de no tratarse y vivir de pie el tiempo que le queda. Para ello cuenta con la compañía de un amigo Tomás (Javier Cámara) que viaja desde Canadá para darle un último adiós. Los dos personajes vivirán cuatro días que es lo que durará el viaje de Tomás para estar juntos, para conversar y no conversar; pues si bien la película discurre entre unos diálogos que destilan verdad, los silencios resultan no menos reveladores (maravillosa escena donde Julián llama a las cuatro de la mañana a Tomás para hablar con él, ese momento da la sensación que lo importante lo sentido se va a producir cuando ambos cuelguen el teléfono).

La película funciona como un drama pero sin renunciar a la comedia, mientras por el camino nos desgrana algunos zarpazos sobre el mercadeo de la muerte, por otra parte normal y tan utilizado por el común de los mortales (la petición de presupuesto en la funeraria). De esta forma lo que nos cuenta su director Cesc Gay no puede en ningún momento enmarcarse en unas situaciones ya trilladas si no al contrario todas ellas están llenas de ternura y justa sensibilidad.

A estas alturas pudiera ser que alguno se pregunte ¿quién es Truman?. Truman es un perro, grande, tranquilo, de Julián, fiel compañero soledades, de paseos y de pensamientos. Julián desea que cuando llegue el momento Truman este bien acogido, y a ese empeño intentaran nuestros protagonista trabajar esa posibilidad.

Julián quiere decidir su tiempo, desde esa lucidez, como vivir y como morir.

Tomás asiste silencioso, admirando la valentía de su amigo y a la vez generoso por compartir su tiempo con alguién que si bien no se dice intuimos que han sido muy cercanos, casi complementarios. La amistad siempre tiene algo de terapéutico, más que cualquier medicamento, más que cualquier otra sustancia. Es el reencontrarte con lo más básico, como sucede con el amor, como sucede con la honestidad, como sucede cuando nos vemos como iguales, frágiles, ávidos de querer, de que nos quieran.

Si bien como decía de Truman podemos entenderla sobre como afrontar ese final, ese proyecto vital roto, opta por salirse de lo común de ser libre aunque eso implique ignorar los consejos y los deseos de los más cercanos, pues como explica “ No sabia que se necesitaban argumentos para seguir viviendo. Cada uno se muere como puede”.

No me gustaría dejar esta reseña sin mencionar situaciones que aparecen en la película que conmueven y molestan por sinceras a partes iguales, y gracias a la labor magistral de Darín te resultan cercanas, próximas. Hablo del viaje a Holanda, del reencuentro con el hijo, del abrazo con el padre, sencillo sin palabras sin adioses, sin más lágrimas que las justas, sin estridencias pero con tanto que se dice sin decir. Y la otra es la situación incomoda de los conocidos en el restaurante y de cómo hablar, de cómo no hablar, de preguntar, y de cómo no preguntar, de pedir perdón, por muchas cosas, de vanidades, de egoísmos. Truman es sentimiento, es la intimidad como lo propio y no como mercancía que se vende por un “me gusta” en redes sociales donde roza la pornografía (en el sentido de explicitar lo intimo) a la vez exhibición publica en un baile de máscaras. Truman es dialogo, es reflexión, es comedia, es amistad, es honestidad, es valentía, es extravagancia, pero también libertad, pero sobre todo es vida, aquella que sigue tan presente que a veces se nos hace insoportable las ausencias de aquellos que nos importan, y sin embargo por que no decidir morir aunque sea de forma extravagante.

AGA

Vuelta a Ítaca

Habíamos quedado esa misma tarde, el sol brillaba fuerte, el calor era tan desesperante que sólo un acto de voluntad suprema podría hacerme bajar a la calle, desde esta isla, este pequeño mundo desnudo que habito sin otra finalidad que un oscuro deseo de inacción.

Y sin embargo, aquí estaba sentado en un asiento duro como el hierro, de un autobús que parecía que venia de la otra parte del mundo, y ese viaje le había pasado factura, por eso sus frenos chillaban exhaustos, los perchones indicaban que su embrague le quedaban meses, donde respirabamos una especie de caldo hirviendo y el aire acondicionado no era sino un recuerdo.

La gente se agolpaba en las zonas de sombra evitando ese rayo de sol que actuaba como un láser penetrante. El autobús rasgaba las calles de una ciudad que se percibía fantasmal, agobiante, pero a la vez atractiva, en la que quedaba lejos el deambular constante, el trasiego de ejecutivos, de taxis, de coches que vomitan sus esputos entre placas de alquitrán. Pulse el botón de parada, y un rostro se movió detrás de unas rayban espejeadas, alzo la vista o eso intuí que hacía antes de qué llegáramos a la próxima parada.

Me dispuse a caminar entre estas calles qué se estiraban como los brazos de un leviatán extraño, gestionando mis energías, buscando las zonas menos castigadas por el sol donde aún podías caminar sin riesgo de sentirte un aventurero mitad irresponsable mitad heroico. Cuando me iba acercando a mi destino el corazón me latía con fuerza, pensé “joder mola verla”. Miré por encima de los pinillos, cortados eficientemente y que daban cobertura a una especie de valla que dejaba ver un jardín, de esos que sirven en el proyecto urbanístico para rellenar un espacio en un archivo de 3D y en lo que prima obviamente no es lo habitable de un barrio, de una ciudad, ni siquiera de un mundo exhausto y negro, pero que coño era un jardín, y hacia más fresquito dentro que fuera.

La ví, después de otear cada uno de los banquitos, donde se sentaban abuelitos que miraban absortos como otros abuelitos travestidos en deportistas se afanaban por hacerse un hueco en el controvertido mundo de la petanca. Estaba preciosa, una camiseta blanca y unos vaqueros, no necesitaba más para hacer refulgir esos ojos negros que cuando te miraban sólo podías que claudicar. Se dio cuenta de mi presencia, me sonrió, ya ni notaba el calor, sólo aquel que emanaba de mi agitación. Apreté el paso, y cuando llegué a su altura sólo acerté a cogerla por los hombros y acercar mis labios a los suyos, fue un beso largo, profundo, la estreché tan fuerte como pude mientras notaba su frágil cuerpo haciéndose un hueco en el mio, como amoldándose. Nos miramos, me sonrió. En ese instante supe que mi viaje había terminado y que todo tenía sentido, que la guerra de Troya no me iba a parar, que Circe era sólo una ilusión, que Polifemo se lo estaba buscando, que las sirenas hacía mucho que sus susurros apenas lo oía, había atravesado Escila y Caribdis y por fín estaba en Ítaca…o a lo mejor era un ciudad en agosto, mediterránea, calurosa, ruidosa, donde los pretendientes se reunian por las noches para seducirla, quizá fuera eso o quizá no pero cada vez que la veo en el parque y por las noches cuando el calor nos da una tregua recuerdo su nombre, su rostro, los guardo como fuego, y entonces tal vez vuelvo a Ítaca.

 

LA ISLA MÍNIMA (El corazón de la marisma)

 

Es probable que un director de la talla de John Ford cuando rodaba en Monument Valley algunos de los mejores westerns de la historia del cine, casi con total seguridad estuviera pensando en el paisaje como un elemento indispensable sin el cuál la historia sería otra, no mejor ni peor sino simplemente otra.

Quizá Alberto Rodríguez pensara lo mismo cuando decidió contar esta historia en las marismas del Guadalquivir y no se entiende esta trama sin la impronta de esa naturaleza que fluye como si nada existiera y a la vez todo lo envolviera. Y doy por sentado que algo de eso hay, si tengo en cuenta que me estoy acercando a la mejor película española que se ha rodado este año, y para mí una de los mejores films noirs hechos hasta la fecha aquí en suelo patrio.

Y el resultado es así porque hacía mucho tiempo que no se juntaban tantos elementos, y tan buenos, funciona todo con precisión, con equilibrio, con inteligencia, pero sobre todo tratando al espectador como adulto, y eso da como resultado esta gran película.

Comienza La Isla Mínima con un planos aéreos en los que la marisma, el río, el agua, la fauna….fueran las circunvoluciones del cerebro y todo ello unido por redes tan poderosas que ahí en ese microcosmos todo parezca lo mismo pero su complejidad resida una vez nos vayamos acercando. Eso hacen nuestros protagonistas, dos policías venidos de Madrid, casi condenados, purgando sus pecados, a resolver unas desapariciones que harán que su investigación sea un descenso por su particular río en tinieblas por utilizar la terminología de Conrad.

Este viaje nos lleva a la España de los 80 donde lo viejo no acaba de morirse y lo nuevo no acaba de despegar, igual que los dos compañeros tan diferentes, tan distantes y desconfiados el uno del otro que ambos representan pasado y futuro. Y como todo viaje implica necesariamente una introspección, como la que Javier Gutiérrez – Juan hace mirando los flamencos como si fueran monstruos fantasmales surgidos del infierno sevillano para atormentarle y recordarle su pasado oscuro, represor, extraño, pútrido. Ese ajuste de cuentas personal se manifiesta con tanta presencia que hace que sea para mí de lo más interesante de la película, esa dualidad, por un lado tan turbia y por otro tan por que no comprensiva.

Son sus métodos tan sucios como persuasivos, todo ello bajo la atenta mirada de su compañero que le observa quizá pensando que él es mejor mucho mejor.

Y sin embargo, todos somos elementos de un mismo laberinto depositados aquí, con nuestros deseos, con nuestras metas, fuera de ese entorno acuático, primitivo, donde pervive lo injusto y escapar es casi una obligación al precio que sea aunque muchas veces ese precio sea imposible de pagar.

Es La Isla Mínima madre o hija o quién sabe de aquellos dos policías enfrentados que recorrían Nueva Orleans y el delta de Mississipi intentando encontrar a un asesino en serie mientras buceaban en la sociedad, y en ellos como si el universo no estuviera sobre sus cabezas, y caminaran inseguros sobre sus pies. Tal es el parecido, y quizá por eso ambas sean verdaderas obras llenas de un metalenguaje fílmico que desborda intención, por eso ambas sean paisaje y oscuridad, por eso ambas sean grandes ejercicios de guión, de elaboración de personajes, de ambigüedades.

Resulta muy recomendable sumergirse en las marismas de la isla mínima y dejarnos atrapar por esta historia que es muchas otras historias a la vez, en la que cada canal del río, cada recodo del camino incluye una sorpresa, tal vez una amenaza, tal vez un grito, o un sitio donde el tiempo tramita las leyes esas que los hombres se dan para no apretar el gatillo. Y sin embargo todo se queda en la marisma, se hunde, se enfanga se oculta tras un cañaveral quizá esperando que todo desde arriba a vista de pájaro resulte menos duro menos incierto.

 

INTEMPERIE

Excelente colaboración literaria de Marisé Segura Pedrero, esperemos y deseamos que no sea la última…..disfrutad.

Una huida, un niño escondido, un cabrero, así nos pone en el punto de partida Jesus Carrasco, con su novela, Intemperie. Un relato del que poco importa el lugar, el tiempo y los nombres, ocultados al lector, como una historia que, o bien ha querido que no quedara desfasada para un futuro tomador del libro, o (yo me decanto por esta última) hablar de situaciones y sentimientos universales, sin fechas, sin adornos que puedan desviar lo intrínsecamente humano.
Una huida supone dejar atrás lo malo, lo hostil y encontrar un terreno seguro ya sea real o como una situación en el plano interior. Lo que se encuentra el protagonista tras dejar a su corta edad su hogar, es un lugar más hostil del que procedía. Pues bien, así es la propia vida, de la noche a la mañana no vas a dejar atrás tus fantasmas, todo requiere un aprendizaje, de un camino árido sin apenas sombras donde poder cobijarse, de personas que van en tu búsqueda para que permanezcas inmóvil, pero también de aquellas que caminan a tu lado. Y de todo esto trata Intemperie, de un proceso hacia el cambio, de que escapar de tus problemas no es meter la cabeza en la tierra a modo de avestruz, sino seguir un camino hacia el cambio.

El lenguaje utilizado, roza el lirismo, profundo, con pinceladas de poesía. Sumerge en un territorio de gran belleza, lo oscuro, lo árido. Si bien utiliza palabras muy propias del ámbito rural ( con pausas al diccionario totalmente enriquecedoras), no por ello resulta una lectura pesada, más bien cercana, donde lo universal prevalece contra lo característico del terreno. Y como algo puramente personal, me resulta cercano a los poemas de Manolo Chinato, tratando temas sociales desde un sustrato primario, de andar por casa, donde se juntan elementos de poder, subordinación y vejatorios, con aquellos de la tierra, y de lo que emerge de ella.

La relación del joven con el anciano cabrero, va mas allá de aquél Lazarillo de Tormes, ya que en este caso uno ofrece lo que tiene y a cambio recibe lo que le falta. A cambio de juventud, fresca y sin límites, experiencia, responsabilidad, surcos en la piel. A cambio del paso de los años, una vuelta a lo humano, a sentirse vital, a sentir el aire en los poros.

Todos los elementos buscan su espacio en cada una de las páginas de esta corta novela, todo cuidadosamente situado cuenta. El sol, el agua, las nubes, una miga de pan, las cabras, el perro… La vida, la sed por un cambio, el correr del tiempo, lo importante frente al todo, la multitud, la subordinación…

Cada palabra, cada frase, nos ofrece un aprendizaje de la vida, sin necesidad de irnos a literatura de autoayuda o a un ensayo. Sobresalen temas profundos, actuales, sociales, de lo más hondo de la persona, de cambio vital, y por qué no, de nosotros mismos.

Marisé Segura Pedrero

De viajes y exploradores

 

Siempre me gustó la ciencia ficción, como también me gusta el cine de aventuras, por eso me gusta Interestelar, porque Christopher Nolan ha conseguido la difícil tarea de contar una historia que mezcla tan bien el universo de la ciencia ficción con el de la aventura si entendemos la aventura tanto como un hecho extraño e insólito como si habláramos de una empresa con un destino incierto . De esta forma ahí radica su virtud pues en 169 minutos consigue mantenerme disfrutando de una historia donde hemos dejado de ser exploradores y nos hemos convertido en granjeros, en un planeta convertido y azotado por nubes de polvo que presagian la venganza de ese nuestro planeta antaño aliado, y ahora cansado de nuestros desmanes, nos demanda el precio a pagar por tanto destarifo. Ese precio no puede ser otro que la aniquilación de la raza humana haciendo del planeta azul un terruño sin vida. A partir de aquí comienza la empresa de intentar encontrar un planeta que albergue la esperanza de la vida, la continuación de nuestra impronta, la consciencia de un mundo. Este viaje interestelar será duradero y en él el espacio y  el tiempo se pegarán se harán uno y la ciencia cobrará sentido, pero también lo personal, lo humano, el amor paterno filial frente a la perdida, la oscuridad y la desesperación del ser humano y sus capacidades para intentar sobrevivir, excelente ese desesperado profesor interpretado por Matt Damon que vislumbra su salvación con la muerte de los otros como arquetipo de la dualidad poco generosa de los hombres. Y es ciencia ficción porque recrea ese tramo mágico que separa ciencia y ficción convirtiendo la narración en algo especial y abrumador. Así es interestelar un viaje de personas con sus vidas, con sus miedos, con sus recuerdos, con esperanzas y fatalidades, pero sobre todo creyendo en la propia especificidad de aquello que llamamos humano, la vulnerabilidad, el cosmos, la propia existencia en definitiva……..para un servidor una pequeña joya, algo que nos habla de eso de viajes y de que alguna vez fuimos exploradores.