El Bar

Habia entrado muchas veces en ese bar en el que me conocia cada botella, cada cristal y cada cliente como si fueran mi familia. Un día cuando no soportaba la monotonía estival me adentre entre sus sillas me acerque a la barra y pedí un gin tonic, cargado precisé, al lado mio se sentó en ese momento una pelirroja con ojos como el mar, la melena se movia con su cabeza como los veleros que surcaban el mar del norte; la miré durante una fracción de segundo, me miró, aguanté la mirada y ella sonrió. Desde ese día mi afición por el gintonic y por las pelirrojas se incrementó hasta tal punto que de tarde en tarde me dejó caer pensando que unos ojos claros se tropezaran con los mios y quién sabe quizá solo quizá le pida que me lleve lejos, tal vez a casa…

Anuncios

Mascaras

Me arranqué tantas mascaras como pude, la sangre saltaba entre mis manos, los ojos eran cuencas oscuras, sabía quién era, sabía donde iba y sin embargo un vacio poderoso me impregnaba como una baba; me escondo de mí, me escondo de todo, me escondo de lo que esta vivo, de lo que se puede tocar, vivo una ficción que desarrollé como una enfermedad y para la que no hay cura, mientras perfilo una nueva mascara vierto palabras sobre la arena, espero a un lado que el mar haga su trabajo, me limpie, me cure, me libere…

 

Vuelta a Ítaca

Habíamos quedado esa misma tarde, el sol brillaba fuerte, el calor era tan desesperante que sólo un acto de voluntad suprema podría hacerme bajar a la calle, desde esta isla, este pequeño mundo desnudo que habito sin otra finalidad que un oscuro deseo de inacción.

Y sin embargo, aquí estaba sentado en un asiento duro como el hierro, de un autobús que parecía que venia de la otra parte del mundo, y ese viaje le había pasado factura, por eso sus frenos chillaban exhaustos, los perchones indicaban que su embrague le quedaban meses, donde respirabamos una especie de caldo hirviendo y el aire acondicionado no era sino un recuerdo.

La gente se agolpaba en las zonas de sombra evitando ese rayo de sol que actuaba como un láser penetrante. El autobús rasgaba las calles de una ciudad que se percibía fantasmal, agobiante, pero a la vez atractiva, en la que quedaba lejos el deambular constante, el trasiego de ejecutivos, de taxis, de coches que vomitan sus esputos entre placas de alquitrán. Pulse el botón de parada, y un rostro se movió detrás de unas rayban espejeadas, alzo la vista o eso intuí que hacía antes de qué llegáramos a la próxima parada.

Me dispuse a caminar entre estas calles qué se estiraban como los brazos de un leviatán extraño, gestionando mis energías, buscando las zonas menos castigadas por el sol donde aún podías caminar sin riesgo de sentirte un aventurero mitad irresponsable mitad heroico. Cuando me iba acercando a mi destino el corazón me latía con fuerza, pensé “joder mola verla”. Miré por encima de los pinillos, cortados eficientemente y que daban cobertura a una especie de valla que dejaba ver un jardín, de esos que sirven en el proyecto urbanístico para rellenar un espacio en un archivo de 3D y en lo que prima obviamente no es lo habitable de un barrio, de una ciudad, ni siquiera de un mundo exhausto y negro, pero que coño era un jardín, y hacia más fresquito dentro que fuera.

La ví, después de otear cada uno de los banquitos, donde se sentaban abuelitos que miraban absortos como otros abuelitos travestidos en deportistas se afanaban por hacerse un hueco en el controvertido mundo de la petanca. Estaba preciosa, una camiseta blanca y unos vaqueros, no necesitaba más para hacer refulgir esos ojos negros que cuando te miraban sólo podías que claudicar. Se dio cuenta de mi presencia, me sonrió, ya ni notaba el calor, sólo aquel que emanaba de mi agitación. Apreté el paso, y cuando llegué a su altura sólo acerté a cogerla por los hombros y acercar mis labios a los suyos, fue un beso largo, profundo, la estreché tan fuerte como pude mientras notaba su frágil cuerpo haciéndose un hueco en el mio, como amoldándose. Nos miramos, me sonrió. En ese instante supe que mi viaje había terminado y que todo tenía sentido, que la guerra de Troya no me iba a parar, que Circe era sólo una ilusión, que Polifemo se lo estaba buscando, que las sirenas hacía mucho que sus susurros apenas lo oía, había atravesado Escila y Caribdis y por fín estaba en Ítaca…o a lo mejor era un ciudad en agosto, mediterránea, calurosa, ruidosa, donde los pretendientes se reunian por las noches para seducirla, quizá fuera eso o quizá no pero cada vez que la veo en el parque y por las noches cuando el calor nos da una tregua recuerdo su nombre, su rostro, los guardo como fuego, y entonces tal vez vuelvo a Ítaca.

 

El rock se hizo chica

Hoy comenzamos una pequeña reseña con algunas de las mujeres que más he escuchado en la historia reciente del rocanrol. De esta forma, quiero rendir un homenaje a todas esas chicas, que en un momento u otro de sus vidas decidieron coger una guitarra y tirarse a la carretera. Empezamos con Pat Benatar nacida en Nueva York, estudiante desde muy joven de opera, esta mujer tenía una voz colosal, sus temas resultaban impecables donde mezclaban comercialidad y calidad en unos porcentajes realmente increibles, en los 80 arrasó, y escuchandola me sigue pareciendo muy grande. Os con Love Is a Battlefield un clásico. Próxima entrega Stevie Nicks…

Respirar la noche

P1050450_fhdr

 

No podía dormir, la noche se agarraba como una tenaza a la garganta, el silencio se hacía corpóreo. Me levanté, y caminé por el pasillo. Un vaso de agua alivió la sequedad de boca, la calle proyectaba las sombras desde las farolas, a lo lejos las luces de la ciudad mientras duerme, el cándido y lento respirar de miles de almas. Me asomé al balcón, hacía frío, apoyé los codos en la barandilla y me encendí un cigarrillo, en cada calada se disipaban los pensamientos, miraba hacía el cielo, son las tres de la mañana.

Durante un segundo me quedé en blanco, la humedad media mis fuerzas, eché un último vistazo memorizando si todo seguiría allí por la mañana. Si acaso mientras respiramos la noche no habría un servicio especial de recogida, y todo lo que nos es ajeno desaparece como la basura, como los envases, como el vidrio.

Quizá ni cuando dormimos, cuando soñamos, cuando nuestras mentes descargan sus últimos archivos, en los que vivimos aventuras, héroes de historias imposibles, deseos de cuerpos que están cerca y lejos, en ese estado todo es posible, ya no somos seres que como autómatas nos dirigimos a puestos de trabajo en el mejor de los casos nos venden trocitos de cosas, algo que comprar, ya no somos seres que luchan por pedacitos de tiempo, ya no somos residentes de un pueblo, de una ciudad, de un país….no, somos almas que sueñan con espacios propios, con fijar un deseo con saliva mientras las palabras se baten en retirada, somos consciencia pura, elementos de un todo que perfila nuestras vidas, mariposas que aletean, crisoles de sensaciones, bocanadas de aire……todo eso mientras respiramos la noche, esperando que el día dejé un hueco para nuestros cuerpos malheridos, donde arañamos ser sólo nosotros.

AGA

Hoy recordamos a todos aquellos que perdieron la vida ese maldito 11-M. Pues eso que sigamos encendiendo la vela.

 

 

 

TALLAFOCS

IMG_1779

Me senté a descansar un rato, las piernas me dolían, la espalda, los ojos, los párpados. Era un día extraño, la playa se adentraba hasta la Albufera, la arena escarbaba entre los pinos y succionaba sus humores.

Miraba el horizonte, sólo veía portacontenedores, monstruos de metal, lejos.

El mar parecía papel de aluminio dispuesto a envolverme, una brisa fresca, dulzona, me sacude la cabeza, me despeja, ya oigo mejor, ya veo mejor, ya soy yo.

Sentado a un lado de la duna las hierbas crecian, desordenadas, miles de palitos de colores se arremolinaban a mis pies, como peces, aunque sólo eran basura, desechos de oidos humanos que ni oyen ni escuchan.

Giraba la cabeza de vez en cuando para ver si estaba sólo, me dejaba llevar por el sol, por las nubes, por el mar y pensaba que tal vez tenía todo lo que podía desear, que aquello sólo podría ser el paraíso, un lugar silencioso y lleno de vida, vidas frágiles, vidas que ocultan otras vidas.

Caminé por la orilla, me agachaba y ponía el oído donde rompían las olas como buscando la primera vez, ese sonido puro que sólo yo fuera capaz de oírlo.

Y volvía de vez cuando a girarme como esperando que alguien gritara mi nombre.

Y aún hoy cada día, de cada semana, de cada mes, de cada año, miro el mar, le desafío, le susurro, lo escucho, lo admiro, lo amo; y por un breve espacio de tiempo sueño que alguien grita mi nombre, y sin embargo, sólo el mar constante y poderoso rompe el silencio.

Hasta entonces, camino despacio, muy por el borde, esquivando la espuma, enciendo un cigarro, le pego una calada fuerte, con ganas, con fuerza, el humo penetra rápido en mis pulmones, me mareo, me inunda, me siento despacio, las piernas me duelen, la espalda, los ojos, los párpados…….

AGA