El Bar

Habia entrado muchas veces en ese bar en el que me conocia cada botella, cada cristal y cada cliente como si fueran mi familia. Un día cuando no soportaba la monotonía estival me adentre entre sus sillas me acerque a la barra y pedí un gin tonic, cargado precisé, al lado mio se sentó en ese momento una pelirroja con ojos como el mar, la melena se movia con su cabeza como los veleros que surcaban el mar del norte; la miré durante una fracción de segundo, me miró, aguanté la mirada y ella sonrió. Desde ese día mi afición por el gintonic y por las pelirrojas se incrementó hasta tal punto que de tarde en tarde me dejó caer pensando que unos ojos claros se tropezaran con los mios y quién sabe quizá solo quizá le pida que me lleve lejos, tal vez a casa…

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